Pasión desmedida
Quizá esa sea la palabra que más describe al Atlético de Madrid: pasión. Resulta difícil digerir lo que sucedió anoche entre 70.000 aficionados, 22 futbolistas y 1 entrenador que murieron por su escudo durante 120 minutos más la dichosa tanda.
Los estados de ánimo se sucedieron y alternaron durante mucho antes de que sonara el pitido inicial. La lógica decía que no, que esta vez la entidad del rival y su envidiable dinámica iban a poder con el mejor local de Europa. La fragilidad defensiva que arrastra el equipo no era un buen síntoma para medirse a los Lautaro y compañía. La sensación en las horas previas era de que había que remar, mucho, hasta quizá morir en la orilla. Pero que no había que soltar el remo hasta que la “Batalla del Metropolitano” llegara a su fin.
Según avanzaba el día era complicado que la ilusión no se colara por los recovecos que la lógica intentaba tapar. La sonrisa se escapaba, el optimismo crecía recordando Anfield, Múnich, Manchester, Oporto, Stanford Bridge. Estadios que la fe rojiblanca enmudeció años atrás y que demostraron el potencial del “Nunca dejes de creer” en su máxima expresión.
Nos plantamos en la tarde, apenas 4 horas para que empezara el partido. Llegaba el momento de salir de trabajar, entonar un “Forza Atleti” antes de cerrar la puerta y, ahora sí, empezar a jugar el partido más importante de la temporada. Aquel Forza Atleti reflejaba que sí, que otra vez el Atleti te había hecho creer y pasar por una montaña rusa de sentimientos durante muchas horas hasta llegar a los aledaños del Metropolitano convencida de que se podía volver a conseguir. ¿Cómo era posible recuperar la fe, de nuevo, después del pecheo en Cádiz hace apenas tres días? Lo era. Quizá la pregunta es… ¿Cómo no ibas a hacerlo? Joder, si es el Atleti.
La entrada al templo colchonero, la atmósfera de partido grande, la pierna inquieta que no sujetas pese a que intentas frenar esa irremediable pasión. ¿Se podía? Se podía.
Quizá cuando menos lo merecía el equipo, la afición no permitió que los suyos viajaran solos. 12 contra 11 desde el calentamiento. Miles de italianos intentaron apagar el Metropolitano encendiendo las linternas con el primer gol de los suyos, lo que no sabían es que iban a presenciar un verdadero espectáculo de luces hasta en tres ocasiones después de ello. La venganza, siempre, en plato frío.
Antoine apenas dio tiempo a los milanistas de apagar las linternas. El hombre de las citas importantes resucitó al equipo antes de que el paso por vestuarios pudiera aplacar los ánimos y la fe de esa afición que se ha metido en el bolsillo por motivos evidentes.
En la reanudación, el Atleti avasalló al Inter.
Cómo era posible que nadie perdiera la esperanza tal y como había empezado el día. El Atleti seguía creyendo y haciendo creer a su parroquia. Quizá al revés, era la parroquia la que hizo que el equipo nunca bajara los brazos. Nunca tú solo caminarás, reza la canción.
Depay y Correa recogieron el testigo y, como buenos soldados, lideraron la contienda hasta empatar la batalla. Un gol de Memphis hizo explotar de júbilo al estadio asistido, por cierto, por un Koke que no dejó de creer ni de correr durante todo el partido.
Al filo de la prórroga, Roro la tuvo y la tiró alta. No podía ser tan “fácil”. No para el Atleti. Con la sensación de “era esa” en el cuerpo, la afición rojiblanca tuvo que sobreponerse, de nuevo, al choque de emociones internas que chocaban dentro de sí. Del “se nos va” al “lo vamos a hacer” en décimas de segundo. De Memphis haciendo lucirse a Sommer a Lautaro ganando el primer palo para que el Atleti se asomara al abismo. Del ir a por el tercero a la sensación de que abrirse en exceso era tentar a la suerte. Y así, en esa contradicciones de sensaciones y sentimientos, el Atleti llegó a la tanda de penaltis.
El capitán rojiblanco perdió los dos sorteos. Cómo la fortuna iba a sonreír a los del Cholo en una situación así. Y allí, en el lado de la afición del Inter y con las linternas bien guardadas en los bolsillos, Memphis tiró de galones rompiendo la red y le cedió el testigo a Jan Oblak. 70.000 personas se estiraron con el esloveno para parar dos penaltis y poner en apuros a un Lautaro que la tiró a las nubes ante, quién sabe, la que podría haber sido su afición.
De elogiar el valor de Riquelme para asumir el penalti tras el gol fallado, la convicción de Correa al enfilar los once metros y, también, la honestidad de Saúl al acabar el partido.
Arrodillado Oblak en “su jardín”, el Metropolitano estalló en su primera gran noche y remontada europea. Las linternas del Metropolitano iluminaron, seguro, la catedral de Milán y las lágrimas de los aficionados rojiblancos llegaron hasta el área técnica, donde Simeone, 11 años después, era incapaz de contener la emoción.
El Atleti ha sido, es y será eso, emoción, sentimiento y pasión. Una pasión desmedida. Le pese a quien le pese.
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