Esta (aún) no es mi casa
La mudanza ya es un hecho. El Atlético de Madrid ha dejado el Vicente Calderón para siempre e inicia una nueva etapa tras la inauguración del Wanda Metropolitano. Ningún colchonero se quería perder un día para la historia y todos, con y sin entrada, acudieron en tromba al madrileño barrio de San Blas para ver en persona el magnífico nuevo templo rojiblanco. Desde por la mañana, el Metropolitano empezó a ver la que se le venía encima. Cientos de personas abarrotaron los aledaños del estadio desde las 11 de la mañana. Había que verlo e inmortalizarlo todo. El Paseo de Leyendas, la bandera, la nueva tienda, los accesos, las fan zones... Todo.
Llegó la tarde y, con ella, se acercaba el momento más deseado: la apertura de puertas. Colas más de dos horas antes de que empezara el partido. Había muchas ganas por entrar, llegar a tu nueva butaca y juzgar el nuevo campo. Todo era nuevo, menos el sentimiento. En el metro ya atronaba el himno del Atlético de Madrid, aunque eso solo sería un preámbulo de lo que se viviría a partir de las 20:45 horas.
Los brazos se erizaban cada dos por tres, reaccionando a los inesperados y espontáneos cánticos que surgían a cada paso que dabas. Era inevitable. Los sentidos estaban a flor de piel. Niños, padres, abuelos y amigos de toda la vida se congregaban en los aledaños del campo, aprendiendo una nueva forma de disfrutar de las inolvidables previas del Calderón. Ya no estaba el Bar "El Doblete", ni el callejón del Frente, ni las bengalas por las calles. Ahora había escenarios con música en directo, nuevos puestos para poder comer y beber y la necesidad de empezar a crear nuevos hábitos, de encontrar tu sitio.
Por fin, las puertas se abrieron y un sentimiento de incredulidad lo inundó todo. Sorpresa y admiración ante lo que veían nuestros ojos. No nos queríamos perder nada. Que si "aquí, aquí y aquí están los baños", que si "cuánto espacio", que si "aquí hay un bar", que si "qué grande es esto"... Miradas cómplices entre nosotros y todos girando 360 grados para admirar la obra maestra en la que estábamos. Ahora solo faltaba encontrar tu nueva butaca. Abono en mano, fuimos bajando filas hasta dar con nuestros cuatro sitios. Y nos sentamos. E hicimos fotos, muchas fotos. Y nos levantamos. Y nos miramos. Y qué pasada. Ahí estábamos. Ese sería nuestro lugar en nuestra nueva casa para los próximos años. Se dice pronto.
El tiempo parecía no pasar allí dentro. Las ganas de que los jugadores saltaran al terreno de juego ralentizaban cada minuto. Pero, como todo, llegó. Primero saltaron al césped Oblak y Moyá, arropados por los miles de aficionados que ya estábamos dentro, y después lo hicieron los jugadores. Pensaba que se caía el Metropolitano. El "Atleti, Atleti" hizo vibrar los cimientos por primera vez. Ya lo decía Sabina, "qué manera de sentir".
Y así, entre cánticos y aplausos, se acabó la espera. El himno empezó a sonar por la megafonía y los jugadores salieron del túnel de vestuarios, al tiempo que todo el estadio hizo ondear sus banderas rojiblancas. El sentimiento inundó cada rincón de un estadio que parecía estar albergando una final de Champions o un partido inaugural de los Juegos Olímpicos. Con ceremonia previa incluida, solo el saque de honor orquestado por Gárate, Torres y un joven canterano nos pudo ubicar. A mí, personalmente, aún no me entraba en la cabeza estar viendo como local al Atleti en otro lugar que no fuera el Vicente Calderón. Sin cruzar el río, sin bajar por el Paseo de los Meláncolicos, sin subir decenas de escaleras y llegar a la última fila con el pulmón en la mano. A mi no me entraba en la cabeza por más que lo intentaba.
El partido comenzó y todos intentábamos acomodarnos en nuestras butacas. Bromeamos sobre la posibilidad de que a alguno se nos olvidara desplegarla, no sabíamos dónde dejar la bandera, ni cómo dejar la botella sin tapón para que no se cayera. Nos quedamos con las ganas de ver marcar un gol en nuestra portería, aunque sí que disfrutamos de tener a apenas a unos metros a los jugadores y cantamos los primeros "uy". También tuvimos que soportar a algún que otro cafre a nuestro lado con excesiva tirria a Carrasco y a Torres; nos reímos con un señor de la segunda fila que llevaba serigrafiado en su camiseta "Y Guti maricón", sí sí, con la "Y" incluida; y nos dimos cuenta de que existen personas capaces de ver al Atleti sin animar ni una vez en 90 minutos, un caso digno de Cuarto Milenio.
Al final, la botella acabó por el suelo con la celebración del histórico primer gol de Griezmann en el Metropolitano. El sitio elegido no había sido el correcto, estaba claro. Las mochilas quedaron teñidas del blanco del suelo y no tuvimos que lamentar ninguna caída por olvidarse de desplegar la butaca. No por el momento.
¿Qué cómo acabó todo? Con un espectáculo de luces y pirotecnia y, lo mejor, con tres puntos y debut con victoria en el nuevo campo. El Wanda Metropolitano. Nuestra nueva casa, aún no nuestro nuevo hogar. Los colchoneros tenemos deberes. Sin olvidar ni un instante de dónde venimos, cómo hemos crecido y por qué hemos llegado hasta aquí, nos toca construir la historia. Acudiendo y acostumbrándonos al nuevo campo, llenándolo de sentimiento, de victorias sufridas y derrotas épicas, de lloros y alegrías, de partidos que nunca olvidaremos, hasta que, poco a poco, partido a partido, habrá un día en el que pisemos el interior del campo y podamos volver a sentirnos como en casa.

Me encanta ...!!!
ResponderEliminarMuy bien explicado