El orgullo no se toca


El Atlético de Madrid se presentaba en Londres como gran favorito para hacerse con un puesto en la final de Lyon. Otra vez los rojiblancos tenían la opción de llegar a una final europea, otra vez toda la parroquia colchonera volvió a vivir una de esas noches que explican el por qué se es del Atleti.

Con Juanfran lesionado, Diego Costa entrando en convocatoria por la mínima y malas sensaciones en Liga frente a la Real Sociedad y el Betis, el Atleti se plantaba en el Emirates con ganas de recuperar su juego y volver a llevar sus dos colores a lo más alto. Pero el Atleti no contaba con un señor de amarillo cuyo nombre resuena hoy en todos los medios de comunicación. Apunten: Clement Turpin. Ese es el nombre del árbitro que exhibió su exceso de protagonismo y se encargó de quitar el papel de favorito a los del Cholo de un plumazo.

Dos faltas inoportunas de Vrsaljko, que no acaba de rendir mejor que Juanfran, le costaron dos tarjetas amarillas y, por tanto, la expulsión. Ver para creer. En competición europea, en semifinales, las dos primeras faltas de un jugador fueron penadas con dos amonestaciones que trastocaron todos los planes de los rojiblancos. El colegiado, por cierto, gran amigo de Lacazette y compatriota de Wenger, como dato. Vaya por donde, el tarjetero no volvió a salir de su bolsillo en los 85 minutos que restaron de partido, pese a que Correa saliese escaldado del campo.

Incredulidad de Simeone, de los jugadores, del banquillo, de los miles de aficionados que cogieron un avión para mostrar su incondicional apoyo al equipo y de todos aquellos que estábamos pegados a la tele en casa sin entender a qué se debía este ninguneo arbitral. Para más inri, el Cholo también fue expulsado por protestar una amarilla que el árbitro no sacó. El Atleti se quedó con diez en campo y sin su director de orquesta en la banda, con todo el partido por delante, en inferioridad numérica y, sobre todo, anímica.

El desenlace parecía fácil de adivinar: goleada del Arsenal, despedida por todo lo alto de Wenger en su último partido europeo en casa tras 22 años en el banquillo y vuelta del Atlético con la cabeza gacha para intentar sacar algo positivo en la vuelta. Era lo normal, ¿No? Pues no lo entendieron así los diez tipos que llevaban enfundada la camiseta del Atlético de Madrid.

En la enésima lección de casta y honor de los de Simeone, todos se pusieron el mono de trabajo y achicaron agua como pudieron. Gabi haciendo de Cholo junto al Mono Burgos, Costa y Torres tirando de galones desde el banco y Simeone con las manos en la cabeza desde la tribuna. "Pocos pero atrincherados", y qué razón tenías... Ahí empezó la exhibición. Oblak haciendo la portería pequeña, Godín y Giménez achicando balones dentro del área, Thomas convertido en un gigante como lateral, Koke y Saúl ejerciendo de doble pivote, Correa y Griezmann defendiendo como los propios centrales uruguayos y Gameiro llegando desde atrás para intentar suplir la desigualdad numérica.

El Atleti llegó muy vivo al descanso, con portería a cero y habiendo cuajado 20 minutos dignos de admirar. El cansancio ya empezaba a hacer mella en los rojiblancos y aún quedaba la segunda mitad. Una piña en el túnel de vestuarios liderada por Godín hizo creer a todos los que, desde casa, no queríamos ni mirar a la pantalla. "Déjense todo aquí, salgamos vivos, somos el Atlético de Madrid".

Y justo cuando empezó la segunda parte, empezó la tormenta, aunque resulta que al Atleti le gusta bailar bajo la lluvia. Lacazette aprovechó el único agujero que dejó la zaga rojiblanca tras un fallo de Griezmann en la salida de balón. Parecía cuestión de tiempo que el Arsenal marcase y abriera la lata. También lo parecía que, desde ese momento, el Atleti iba a derrumbarse, pero no.

Salió Gabi, salió el capitán, que se atrevió a sacar a su equipo de la cueva yendo a presionar al portero rival. La consigna era clara: salir vivos del Emirates y jugar nuestras cartas en casa. La afición presente cantaba el himno y los jugadores respondieron como hermanos, defendieron sus colores y derrocharon coraje y corazón en cada balón. No podía ser de otra forma.

Así, sin dejar de creer, Giménez puso un balón al espacio a Antoine Griezmann y lo demás ya es historia. Igual que Adrián en Stanford Bridge, Godín en el Camp Nou, Forlán contra el Fulham o el propio Antoine en el Allianz, el francés anotó uno de los goles más celebrados de los últimos años. Probablemente, el más importante de la temporada. Por trascendencia, por lo que significaba marcar ese gol fuera de casa y por todo aquello que es difícil explicar a quien no entienda de qué va la película.

Aquel gol fue la demostración de que un escudo puede ganar partidos, de que hay que hacer algo más que tener al árbitro de tu lado para arrebatar sueños a los colchoneros, porque sí, porque son más que un equipo y porque han hecho lo que nadie esperaba en los últimos cinco años. Aunque moleste, y mucho, en las esferas más altas del fútbol europeo.

¿Que qué es ser del Atleti? Es lo que se vivió en el césped del Emirates, es llorar de la presión cuando acaba el partido, es gritar por la ventana hasta que te duela la garganta, es perder años de vida, es sufrir como si no hubiese mañana  y es ilusionarte en cada partido haya lo que haya en juego. Y ayer había mucho. Más que una final, estaba en juego el orgullo y eso, al Atlético, no se le toca.

Con el partido recién acabado, Griezmann y el Cholo ya estaban hablando de cómo va a estar el Metropolitano el próximo jueves, en su primera gran cita europea de la temporada. Prepárense gunners, porque os acercaréis al infierno como nunca antes. Al Atleti no se le ningunea, al Atleti se le respeta.









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