La naturalidad de GANAR
Más que ganar, igual que pasó en semifinales contra Francia, ha sido el cómo se ha ganado. España ha tirado de naturalidad, ni más ni menos. Para esta selección, y la que estaba en el palco viendo que el testigo de nuestra historia está en las mejores manos posibles, solo había un camino posible: el de la victoria. Porque cuando juegas como ha jugado España, imponiéndote a cada rival con una suficiencia tan aplastante, solo puedes ganar. Parecía que estaba escrito, que tenía que ser en la prórroga, que había que rozar la épica, que había que destronar a Argentina y que todos los que han formado ese vestuario sabían que iba a ser así, que no podía ser de otro modo. Se ha ganado porque había que hacerlo. No podía ser de otra manera. Qué fácil lo han hecho.
Por eso no se ha caído en la impaciencia ante rivales que lo que menos les ocupaba era jugar al fútbol, por eso se ha seguido siempre un plan de partido tan evidente como inevitable, por eso nunca se han perdido las formas, por eso nunca han temblado las canillas. Ni a los jugadores más experimentados ni a los veinteañeros (algunos ni llegan) que han cargado con terrible suficiencia y normalidad el peso que significa representar a España en la final de un Mundial. Es, de verdad, para quitarnos el sombrero.
No siempre ocurre, pero ha ganado el Mundial la selección que mejor ha jugado al fútbol y la que ha querido hacerlo desde el inicio. Por méritos propios, sin depender de ningún condicionante arbitral, en el lado difícil del cuadro, imponiendo su estilo de juego como pocas veces se había visto ante rivales de tantísima envergadura, sin buscar excusas en lesiones de jugadores importantes (que las ha habido, y muchas) y haciendo del Doce de Luis Aragónes su mejor jugador.
Es imposible destacar a un solo jugador sin ser injusto con el de al lado y esa ha sido la fuerza de España durante todo el Mundial (donde solo se ha encajado un gol, todo hay que decirlo, enfrentándose a Messi, Mbappé, Cristiano Ronaldo o Dembelé). El Mundial lo ha ganado el grupo, el colectivo. Podemos recitar de memoria el once de la final y sabemos con creces que los que estaban en el banquillo fueron los que nos dieron la vida: el propio Ferran (Oh, Ferran), el histórico Mikel Merino, el oxígeno de Pedri, la resiliencia de Nico, la paciencia de Zubi y Eric... y la capacidad de sumar siempre de Borja Iglesisas, Marcos Llorente, Gavi, Pubill y compañía.
En ese colectivo es de justicia destacar la figura del director de orquesta. Porque es realmente difícil hacerlo mejor que Don Luis de la Fuente en este Mundial. El homónimo que en 2008 cambió la historia del fútbol español estará mirando hacia abajo con un orgullo fuera de sí, porque Luis II de España configuró una lista de 26 pensando en el grupo, dejando nombres importantes fuera, premió a jugadores que habían crecido con él en las categorías inferiores porque confía en ellos, independientemente de la opinión pública, y durante todo el torneo ha tomado "solo" decisiones acertadas: desde dar toda confianza plena a Oyarzabal y Unai Simón hasta apostar por Baena y Porro, pasando por entregar los mandos del equipo a Rodri, cambiar a Fabián por Pedri y medir las entradas de los que han marcado los goles más importantes del Mundial (Merino y Ferran).
Todo ello, queriéndose quedar en un segundo plano, dando todo el mérito a los jugadores, resaltando el valor de la "familia" y los valores del vestuario, integrando a los que no han tenido minutos y dando la cara por los "suyos" uno y otra vez. Una lección de liderazgo, de conocimiento y de ambición. Porque estoy absolutamente convencida de que Luis de la Fuente ya está pensando en lo próximo y es imposible no sonreir cuando piensas en el nivel que pueden llegar a tener en el crecimiento que tendrán en 2 y 4 años los Cubarsí, Pedri, Ferran, Joan Garcia, Pubill, Lamine... El presente es increíble (vigentes campeones del mundo y de Europa, vaya pasada), pero es que el futuro no puede ser más prometedor.
Disfrutemos de este sueño, que no nos despierten y sintámonos tremendamente orgullosos de ser españoles. Ojalá lo hiciéramos siempre, sin necesidad de que el balón eche a rodar en una competición internacional y sin que nuestra bandera estuviera asociada a una u otra ideología política. Tenemos el mejor equipo del mundo, vivimos en el mejor país del mundo y sí... SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO.

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